Modelar resiliencia en el otoño de la incertidumbre

Cuando se trata del bienestar emocional y social de nuestros niños, hay maneras de lograr que el otoño de nuestra incertidumbre no se convierta en otro invierno de nuestro descontento

La mayoría de las escuelas están planificando clases presenciales este otoño, aunque siguen los debates en todo el país sobre los requisitos de vacuna y mascarilla para protegerse de la variante Delta. Todos esperamos una vuelta lo más parecida posible a lo normal. ¿Pero qué significa exactamente “volver a la normalidad” cuando llevamos 18 meses funcionando de manera anormal? ¿Y qué significa para los niños que nunca conocieron lo “normal”?

Los adultos sabemos que vivir en medio de una pandemia es difícil y estresante, y que las condiciones en las que los chicos viven y aprenden no son las ideales. El año pasado hicimos lo que pudimos, lo fuimos remendando. Explicamos reglas y requisitos, y todo lo que veníamos esperando: las vacunas, quitarnos las mascarillas, la normalidad.

Bueno, este otoño las cosas no se ven tan normales como pensábamos. Y las novedades parecen cambiar día a día. Eso a los adultos nos puede tener arrancándonos los pelos… y a su vez les manda a los chicos el mensaje de que ellos también deberían estar así. La incertidumbre puede paralizar, porque toca todos los lugares espinosos. Impaciencia y miedo en medio de mucha ansiedad. Falta de acceso a información, que impide planificar. Impotencia, rozando la desesperanza. Nos sentimos, en el fondo, como niños frente a un huracán, con nuestras anclas conocidas volando por el aire y sin ninguna idea de qué significa realmente esa palabra.

Me gustaría contarte una historia que me contó una amiga. Creció en una familia numerosa que se mudaba mucho por el trabajo de su padre y que, mientras vivían en Illinois, manejaba de vuelta a Nueva Inglaterra para Navidad. Un año los agarró una ventisca a mitad del viaje. La tormenta avanzó rápido y pronto la autopista quedó completamente tapada por la nieve, que cegaba y se acumulaba como loca. Los camiones se cruzaban en la vía a un lado y al otro. La camioneta familiar, con cuatro niños menores de 10 años adentro, era zarandeada como un juguete. La luneta trasera se hizo añicos. Tenían que salir de la autopista, rápido.

Según cuenta, se acercaron al único motel a la vista, repleto de gente durmiendo en el vestíbulo. Su padre intentó convencerlos de darles cualquier reserva que todavía no se hubiera presentado, pero no hubo suerte. Sus padres dijeron que al menos podían comer algo, pero por supuesto el restaurante estaba lleno. Así que fueron al bar. Mi amiga tenía 10 años y recuerda a sus padres pidiendo tragos con nombres ridículos (¡Grasshopper!) y comiendo picadas mientras la banda del bar tocaba una versión de “Proud Mary”. Estoy segura de que sus padres estaban terriblemente angustiados. Pero para sus hijos, aquello se había convertido en una aventura.

Nunca conocí a sus padres, y ella dice que no son gente fantasiosa. Pero les modelaron flexibilidad a sus hijos, el valor de acomodarse a lo que viene en lugar de quedar aplastados por ello. Esa sensación de calma y de flexibilidad frente al vuelco los ayudó a enfrentar un montón de cosas desconocidas: una ventisca, un tornado o empezar una escuela nueva en un pueblo nuevo.

“Este tramo de tomar decisiones a ciegas con Delta podría ser una oportunidad para que las personas cuidadoras aprendan a vivir con la incertidumbre, y a modelarla para las generaciones que dependen de nosotros”. — Robin Marantz Henig, The Atlantic

Sí, la pandemia está durando muchísimo más que un viaje por carretera con la adrenalina a tope en pleno invierno. Pero me parece que igual hay lecciones valiosas acá. Sabemos que los niños son detectives emocionales y que toman sus señales de los adultos clave de su mundo. Las familias (y los maestros) pueden temblar y estallar en las situaciones inciertas, transmitiendo emergencia, terror. O pueden encogerse un poco de hombros, mantener la calma y el foco y decir: sí, es difícil no saber cómo va a estar la pandemia el mes que viene, o en las fiestas. Solo sabemos lo que sabemos hoy, y cómo respondimos cuando antes las cosas se pusieron difíciles.

Pero podemos recordarles las muchas cosas que sí sabemos. Al mantener la calma en medio de la incertidumbre, sabemos que ayer nuestro cerebro tomó buenas decisiones, como cuando pasó tal o cual cosa. Y tenemos todos los motivos para pensar que mañana lo volverá a hacer.

Al final, mostrarles a nuestros hijos cómo vivir con la incertidumbre puede ser una de las mejores lecciones que nos deje la pandemia.

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Dr. Donna Housman

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