El poder de elegir

A veces parece que las palabras favoritas de un niño pequeño son “por qué” y “no”. Por qué tenemos que ir a la tienda, por qué tenemos que irnos del parque, no quiero zanahorias para el almuerzo, no quiero ponerme pantalones. Podemos darles cualquier variante de respuesta… porque necesitamos comida para la cena, porque esto te hace bien… y así. Pero para ellos, lo que suena por debajo muchas veces es: Porque lo que vale es lo que yo digo, no lo que dices tú.

La semana pasada Edutopia publicó un artículo llamado “Making Space for Student Choice in Preschool”. Su autora, Oi Ling Hu, escribe que con los años aprendió que uno de los mejores motivadores para los aprendices pequeños es darles oportunidades de elegir, más allá de las opciones habituales de juguetes y compañeros de juego. Hay tantísimas cosas que a los niños se les dice que hagan, incluso las divertidas. ¿Y si les damos más oportunidades de elegir?

¡Bravo! El mundo de un niño pequeño suele estar gestionado y controlado por las personas cuidadoras importantes de su vida, salvo en su mundo del juego, donde le toca ser director, productor y actor. El juego ofrece un festín de exploración y experimentación, cargado de una regulación valiosa y de la oportunidad de tener en cuenta la mirada de sus compañeros de juego. Pero en casi toda la vida diaria, su propia agenda (divertirse a su manera) choca con la agenda de quien lo cuida (guiar su desarrollo). Si pusiéramos los resultados que generan los adultos en un lado del sube y baja y los del niño en el otro, sería un paseo bastante desequilibrado. ¿Te imaginas cómo lo ven y cómo se sienten los niños?

La agenda del niño es explorar, descubrir y experimentar en su búsqueda de convertirse en un ser independiente y autónomo. El trabajo de la familia es cultivar y animar esa autonomía, mientras logra que se comporte de maneras socialmente aceptables, responsables y adecuadas. Y ahí está el roce: el adulto intenta transmitir lecciones de convivencia y, desde el punto de vista del niño, lo hace obligándolo a hacer lo que no quiere y frenándolo de hacer lo que sí quiere. Una lista típica de “haz” de una familia puede incluir lavarse las manos, cepillarse los dientes, ponerse los guantes y, por supuesto, escuchar. Su lista de “no hagas” puede incluir decirle que no trepe por la baranda de la escalera, que no salte sobre el sofá y que no le meta frijoles en la nariz al perro, ni en la suya propia. Este choque de agendas muchas veces termina en una batalla de voluntades y en emociones grandes del niño que se descontrolan. ¿Cómo conciliamos esas agendas y a la vez encontramos ese punto justo de cultivar la autorregulación y la autonomía?

En el artículo de Edutopia, Hu escribe que el poder de elegir les da a los niños una sensación de autonomía y de responsabilidad. Hemos visto que cuando los niños sienten que tienen voz en cómo aprenden, están más receptivos. Hacen lo posible por practicar el autocontrol y la autorregulación, porque quieren conservar su capacidad de elegir. ¿Qué tipo de cosas pueden elegir? Bueno, en la escuela se les puede decir que es la hora de matemáticas (sin opción) pero darles a elegir entre contar cuántos bloques necesitan para armar una torre, usar un ábaco o jugar con un grupo de pares a sumar cuántas formas distintas de círculos, cuadrados y triángulos encuentran (con opción). En casa se les puede decir que su almuerzo tiene que incluir una fruta y una verdura, y ofrecerles dos alternativas de cada grupo. Los niños ganan una sensación de control y de autoestima cuando se les da la oportunidad de participar en las decisiones.

Cuando se los escucha, y lo que sienten (no la conducta) se reconoce y se entiende —que no es lo mismo que estar de acuerdo—, no solo se sienten escuchados, sino conocidos y valorados. Cuando se reconoce lo que un niño siente, baja la intensidad emocional y disminuye la resistencia. El efecto de poder elegir afirma y refuerza la sensación de participar y la certeza de que sus preferencias importan, y lo deja con la sensación de tener poder y control. Ya sea elegir entre varios pares de guantes, usar el tobogán o el columpio en los últimos cinco minutos, o escuchar un cuento antes o después de ordenar, el impacto real de sus elecciones se multiplica por la experiencia de sentir ese poder y ese control. Ganan todos.

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Dr. Donna Housman

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