Como educadores y como familias, sabemos lo importante que es la rutina para los niños que queremos y cuidamos, ¿pero qué pasa con la nuestra? El ir y venir de los entornos escolares en 2020 nos hizo perder el piso a todos. Nuestra nueva normalidad es una puerta giratoria de escuela presencial, clases por Zoom y aprendizaje a distancia, sin final a la vista. La rutina diaria de levantarse e ir a la escuela le da a los niños un horario necesario y constante. Más allá del aprendizaje importante que ocurre en la escuela, no podemos ni debemos ignorar las muchas oportunidades de encuentro social con otros niños y con maestros, que funcionan como modelo de apoyo para el aprendizaje emocional y social. Los cambios persistentes en nuestra rutina diaria alteraron muchísimas de esas estructuras de apoyo esenciales para los niños, y por eso es todavía más importante que familias y educadores se preparen para acompañar la capacidad de los niños de girar y adaptarse, sea cual sea el entorno escolar.
Un segmento reciente de NPR abordó las muchas maneras en que toda esta incertidumbre trajo una avalancha de preguntas y preocupaciones, tanto de familias como de maestros, sobre cómo acompañar no solo el proceso académico de sus niños, sino también sus necesidades emocionales y su bienestar. Sin embargo, antes de poder hacerlo, maestros y familias necesitan mirar cómo están ellos mismos. Para poder ayudar y acompañar las muchas emociones de los niños, en especial el estrés y la ansiedad que trae el aislamiento, tan presentes en todos, primero tenemos que manejar las nuestras.
Enseñar y aprender brotan de la interacción humana. Las emociones son una parte de base y fundamental del aprendizaje, y por eso es vital darles a los niños oportunidades de expresar lo que sienten, contar sus experiencias personales, ser escuchados y escuchar a otros de una manera segura y protegida. Los niños son esponjas, y ganan conocimiento y comprensión sobre todo a través de sus intercambios, su comunicación y sus experiencias con otros, en especial con los adultos importantes de su vida. Con todo el estrés y la ansiedad que rodean a estos tiempos inciertos, los niños miran a los adultos de su vida buscando apoyo. Por eso, cómo manejamos las situaciones, cómo atendemos y expresamos nuestras propias emociones y cómo les respondemos a nuestros niños, como familias y como educadores, es clave no solo para nuestro bienestar, sino que también impacta en ellos y en su capacidad de atender experiencias difíciles. Entonces, ¿qué pasos podemos dar para lograrlo bien, por nosotros y por nuestros niños?
Date cuenta de tus propias emociones y acéptalas. Con tanto pasando en nuestra vida, es fácil olvidarse de parar y mirar qué estamos viviendo. Acuérdate de ser honesto primero con tus propias emociones. Reconoce, identifica, entiende y admite el estrés, la preocupación y la ansiedad, y acepta tu experiencia emocional. Como sabemos, los niños son detectives cuando se trata de emociones: captan la ansiedad de sus familias y responden a ella, lo que deriva en más estrés, más ansiedad y más depresión, un círculo vicioso que se agranda y que empieza y termina en ti. La incertidumbre ligada al aislamiento es difícil para toda la familia, y lo bien que familias y maestros sostengamos esa incertidumbre y esa ansiedad afecta directamente cómo responden nuestros niños a esas emociones en su propia vida. Tener emociones no es el problema; lo que más importa es qué hacemos con ellas. Darte cuenta de lo que sientes y aceptar que es normal y que lo sienten muchos te va a ayudar a manejar y atender la ansiedad de forma constructiva. Decidir un plan de acción puede frenar en seco la espiral destructiva y dejarte con más control para encontrar soluciones al problema, el primer paso para ayudar a tu hijo a hacer lo mismo.
Comunícales lo que sientes a tus hijos de forma abierta y honesta, adecuada a su edad y constructiva. ¡Al hablar con ellos de cómo te sientes y explicarles las causas, les estás mostrando que vivir todas las emociones está bien! Y al hacerlo, además les modelas una respuesta sana y les das permiso para ser abiertos con las suyas. De nuevo: es importantísimo que familias y educadores se cuiden primero, para poder modelar respuestas emocionales sanas y maneras de sostener lo difícil. Intentar esconder, minimizar o restarle importancia a tus propias luchas puede confundir más a los niños, y eso puede desbordarlos mientras intentan lidiar con emociones parecidas. Al expresarles lo que sientes, asegúrate de que sepan si tu estrés o tu ansiedad tienen que ver con ellos o no. Al hablar abiertamente de tus emociones, le estás modelando a tu hijo maneras eficaces de sostener lo difícil. Son maneras a las que va a recurrir una y otra vez mientras aprende, crece y vive todo lo que la vida le ponga delante.
Deja tiempo para un diálogo abierto y honesto. Una vez que compartiste lo que sientes con los niños, déjalos hacer preguntas. Sé honesto al responder. Es importante que los niños sepan que pueden expresar sus preocupaciones con seguridad. Cuando sienten que pueden preguntar y recibir una respuesta honesta y adecuada de los adultos en los que confían, se sienten escuchados y entendidos. Al crear una oportunidad segura para que pregunten, se sienten aceptados tanto en su curiosidad sobre las emociones como al expresar cómo se sienten ellos.
Trabajen en equipo. Trabajar juntos para resolver problemas y encontrar soluciones a las preocupaciones y ansiedades de tu hijo es importantísimo. Encontrar maneras creativas de seguir conectados social y emocionalmente como equipo en tiempos inconstantes les va a servir tanto a ti, como persona cuidadora, como a tu hijo. En lugar de intentar resolverle el problema, muéstrale cómo pueden encontrar soluciones juntos. Eso le va a dar una sensación de propiedad y de poder. Anima a tu hijo a sugerir ideas de qué podría ayudarlo a sentirse mejor y comparte tú también tus ideas sobre qué te podría ayudar a ti. Trabajen para ejecutar el plan de acción que armaron e incluye a tu hijo en el proceso. Involucrarlo así no solo le da oportunidades de sentir poder y control, sino que además le hace saber que sus pensamientos, sus ideas y sus emociones son importantes y se valoran. Eso lo va a ayudar a desarrollar la resiliencia necesaria para manejar y atender la incertidumbre y el cambio. Como su principal persona cuidadora, es importante que des el ejemplo de cómo atender las situaciones difíciles de forma constructiva y eficaz, modelando los hábitos positivos que quieres que cultive, mientras trabajas en hacer lo mismo por ti.
Darnos cuenta de nuestras propias emociones, entender cómo manejarlas y ser honestos y abiertos con lo que sentimos no solo nos va a ayudar a sostener el estrés y la ansiedad, sino que además va a ser un faro para nuestros niños. Al modelarles maneras eficaces de sostener lo difícil y habilidades para manejar las emociones, les damos permiso para compartir y conversar abiertamente lo que sienten y, al hacerlo, acompañamos el desarrollo de esa resiliencia esencial para atravesar las muchas tormentas que trae la vida. Darles oportunidades seguras de aprender sobre sus emociones y de manejarlas les va a permitir hacerlo de maneras más productivas. Cuando escuchamos, aceptamos y acompañamos las emociones de nuestros niños, impulsamos su capacidad de reconocer, entender, manejar y atender con eficacia las propias y las de los demás. Mientras todos luchamos por encontrar el piso en esta tormenta que no da tregua, es crítico que los adultos nos tomemos una pausa para mirar cómo nos sentimos, reconocer las emociones presentes y tomarnos el tiempo de manejarlas y sostenerlas. ¡Esto es importantísimo, porque quienes cuidamos solemos ponernos al final de nuestra propia lista! Al darnos permiso, también le hacemos espacio a nuestros niños para hacer lo mismo. Juntos, tú y tu hijo se vuelven un equipo unido, listo y preparado para navegar las aguas que vienen. ¡Cuídate, y recuerda que al cuidarte a ti quedas mucho mejor preparado para cuidar a los demás!



