Durante el Mes de la Concientización sobre la Salud Mental, en mayo, el New York Times publicó un texto titulado “Are We Talking Too Much About Mental Health?” En el artículo, la periodista citaba investigaciones que apuntaban a la posibilidad de estar excediéndonos con las clases de aprendizaje emocional y atención plena.
El artículo explicaba: “…dos psicólogos investigadores de la Universidad de Oxford, Lucy Foulkes y Jack Andrews, acuñaron el término ‘inflación de la prevalencia’ —impulsada por reportar síntomas leves o pasajeros como trastornos de salud mental— y sugirieron que las campañas de concientización estaban contribuyendo a ella”.
El artículo señalaba que la postura contraria a los programas escolares de atención plena y de aprendizaje emocional era minoritaria. Algunos investigadores advirtieron contra “tirar al niño junto con el agua de la bañera” y afirmaron que los cursos de aprendizaje emocional sí son beneficiosos.
No podría estar más de acuerdo con que enseñar las habilidades de la inteligencia emocional en las escuelas, de forma natural e integrada a lo largo del día del niño, es fundamental para ayudarlo a desarrollar la capacidad de calmarse y de aprender a manejar sus emociones, su pensamiento y su conducta, todo ello crítico y en el corazón de la autorregulación y del crecimiento de las funciones ejecutivas, que permiten que la corteza prefrontal funcione de forma óptima y abren el camino al pensamiento crítico, a la resolución de problemas y a la resolución de conflictos en el salón.
Calmar el cuerpo: el primer paso de todos
El primer paso que puede dar un adulto cuando un niño está emocionalmente desregulado es ayudar a calmar su cuerpo en lo fisiológico, sacarlo de “lucha, huida o parálisis” y devolverlo a un estado de calma y relajación, necesario para funcionar bien. Las emociones desreguladas secuestran la capacidad del cerebro de pensar y aprender, y dejan al niño sin poder hacer otra cosa que permanecer en ese estado de “supervivencia”, incapaz de escuchar, atender o concentrarse en lo que se le dice, lo que continúa el ciclo de conducta desregulada y agresiva. La falta del autocontrol o de las habilidades de autorregulación necesarias para concentrarse, atender y reflexionar sobre qué está causando esas emociones intensas interfiere con el pensamiento, con la reflexión y con el aprendizaje, todos base para resolver problemas y conflictos. Y no olvidemos el efecto social que tiene, en su manera de relacionarse y en sus relaciones, no poder manejar las propias emociones ni entender las de los demás, habilidades prosociales críticas para desarrollar la empatía.
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Los maestros necesitan estar equipados con habilidades emocionales
Por eso es vital que los maestros estén equipados y acompañados con las habilidades, el conocimiento y las estrategias para guiar a los niños a través de sus experiencias emocionales intensas, ayudándolos a entender las causas y las razones de su conducta para que puedan llegar a un estado de calma y empezar a razonar y a resolver lo que tienen delante. El cambio no ocurre si no logras entender qué está causando el problema que hay que resolver. Una vez entendido, se pueden encontrar soluciones.
Para poder modelar cómo abordar, enfrentar y manejar las emociones, y que el niño quede disponible para escuchar, atender y pensar en maneras de resolver el problema, los educadores y las personas cuidadoras necesitan que primero se les acompañe a conocer su propia emocionalidad: la regla de la máscara de oxígeno, para poder enseñar con confianza y competencia las habilidades necesarias para guiar a los niños en ese proceso. Junto con las técnicas para calmarse, como los ejercicios de respiración profunda, que son el primer paso, aprender a ser competente en el manejo de las propias emociones —su primer lenguaje— son los siguientes pasos necesarios del proceso.
Que a un niño le enseñen a reconocer y entender sus emociones y las de los demás, a reflexionar y pensar sobre las causas, y a regular sus emociones grandes, impulsa su capacidad de decidir y su autocontrol, y le abre el camino para volverse emocionalmente competente e inteligente. Desarrollar el conocimiento emocional y la regulación emocional son las bases de la inteligencia emocional.
Los beneficios a largo plazo del aprendizaje emocional
A medida que el niño aprende inteligencia emocional, empieza a responder a las emociones en vez de reaccionar. Eso le permite meterse a buscar soluciones, volverse empático, entender las emociones de los demás y desarrollar el autocontrol necesario no solo para destacarse en el salón, sino también para llevar una vida más feliz y más sana en general. Las habilidades de autorregulación, la capacidad de controlar el pensamiento, la conducta y lo que se siente, terminan dándole al niño un sentido de agencia y una perspectiva que son la llave para atravesar los desafíos de toda la vida.
Así que, si hay algún debate sobre si el aprendizaje emocional en el salón hace la diferencia, la respuesta es que sí, absolutamente. Y mientras más temprano empecemos con nuestros niños, mejor.
No tiremos al niño junto con el agua de la bañera.



