Mientras muchos de los momentos que disfrutamos y de los placeres simples que atesoramos quedan en pausa, esa voz en nuestra cabeza sigue apareciendo con recordatorios constantes de cuando podíamos cuidar a nuestros hijos y también cuidarnos a nosotros. Mientras más tiempo sigamos distanciados socialmente por el COVID-19, más fuerte se vuelve esa voz, amplificada por la preocupación por todas estas responsabilidades adicionales: la escolaridad de nuestros hijos, nuestro propio trabajo (sea virtual o considerado esencial), las tareas de la casa que no paran y, por si fuera poco, los miedos y las preocupaciones incesantes por la salud de la familia. Una vez más nos encontramos en esta realidad, mientras muchas de las anclas y redes de seguridad que conocíamos y de las que dependíamos ya no están o no están disponibles. Entre ellas, los placeres momentáneos de poder escaparse tomándose un rato para uno mismo o para una película, salir con amigos, o simplemente estar solo en casa. ¿Quién lo hubiera pensado, quién lo pensó alguna vez?
El mundo que siempre conocimos y el mundo que estamos empezando a conocer son muy distintos. ¿Qué es esta nueva realidad que genera tanta ansiedad, estrés, frustración, insomnio, aislamiento y soledad, por más gente con la que estemos conviviendo? Se vive un abanico enorme de emociones en estos tiempos extraordinarios y sin precedentes, que nos exigen vivir de una manera muy distinta de todo lo anterior. Se nos pide vivir bajo una normalidad nueva y necesaria que está en boca de todos, estén o no de acuerdo con la premisa: el ‘distanciamiento social’, que está afectando nuestro trabajo, nuestra manera de vincularnos y nuestras relaciones, y nuestra salud mental y física en general.
Pero llamemos al distanciamiento social por lo que realmente es: distanciamiento físico. Por razones críticas de vida o muerte que involucran no solo la salud de uno sino la de todos, necesitamos distanciarnos físicamente. “Distanciamiento social”, sin embargo, es un nombre equivocado, porque hoy más que nunca necesitamos conexión social y también conexión emocional. No deberíamos distanciarnos socialmente ni volvernos distantes emocionalmente.
¿Por qué? La conexión emocional y social es esencial para nuestra salud mental. La emoción es parte de todas las conexiones sociales, central en cómo nos vinculamos y en nuestras relaciones. La emoción puede unirnos y dividirnos, motivarnos a alcanzar nuevas alturas e impedirnos hacerlo, y permitirnos dar pelea o no. La capacidad de sostener la conexión con nosotros mismos, con los demás y entre todos está atada a la emoción, y es más importante ahora que nunca. Son estas conexiones emocionales y sociales las que pueden aliviar el estrés y la ansiedad de sentirse desbordado. Pueden funcionar como amortiguador frente a la soledad, el aislamiento y, para tantos de nosotros, la sensación de estar cansados y sin más. Entonces, dado que esta es nuestra nueva normalidad, ¿cómo podemos fortalecer nuestras conexiones emocionales y sociales en este tiempo y recuperar esos momentos de placeres simples y el piso firme bajo los pies?
Primero tenemos que tener presente que, dado que todos tenemos emociones, darnos cuenta de ellas es la clave. La emoción no solo es nuestro primer lenguaje desde que nacemos, sino que además es el lenguaje universal que puede unirnos o separarnos. Todas las emociones importan, pero lo que más importa es qué hacemos con ellas. Una vez que podemos darnos permiso para tener lo que sentimos, podemos reconocer y saber qué es. Podemos sintonizarnos, observar y escuchar lo que nuestras emociones nos dicen. Podemos empezar sintonizando el cuerpo, dándonos cuenta de la taquicardia, el sudor, el dolor de cabeza, de estómago o de espalda. Son respuestas y reacciones fisiológicas a la intensidad de las emociones y del estrés. Después podemos respirar hondo, lo que ayuda a regular la intensidad de lo que estamos viviendo. Por último, podemos reconocer e identificar la emoción que hay detrás de esa respuesta. Eso puede ayudarnos a sentirnos más ordenados, menos ansiosos y con más control. Una vez que podemos controlar mejor nuestro cuerpo y nuestras emociones, podemos acceder a nuestro pensamiento y empezar a hablar de lo que sentimos de una manera calmada, segura y más constructiva, lo que lleva a entender mejor y a encontrar maneras de resolver los desafíos que enfrentamos con más reflexión y menos emoción.
Expresar nuestras emociones de forma constructiva, con comprensión y aceptación de lo que se siente —que no significa aceptación de la conducta—, puede ayudarnos a atender y manejar mejor la intensidad de lo que sentimos y evitar que nuestras emociones nos secuestren el pensamiento y la conducta, lo que lleva a resultados más eficaces y exitosos al resolver problemas, resolver conflictos y vincularnos con quienes nos rodean. Veamos un ejemplo. Digamos que dentro de poco tienes que entrar a una videollamada de trabajo y le pediste varias veces a tu hijo que venga a la mesa a almorzar. No hubo respuesta. Miras el reloj y empiezas a notar que el corazón te late rápido. Muy frustrado, gritas “¡ven aquí ahora!”. Tu hijo responde rompiendo en llanto y corre a su cuarto dando un portazo. Adiós a los planes, ¿y ahora qué? Al permitirte notar que tu cuerpo está señalando que tu medidor emocional está alto, puedes respirar hondo y reconocer que estás muy frustrado y con rabia porque tu hijo no te escuchó y porque tienes que entrar a esa llamada de trabajo en menos de 15 minutos. Puedes ir a hablar con él y decirle que estás frustrado y con rabia porque no te escuchó cuando le dijiste que viniera a la mesa a almorzar y explicarle por qué eso era importante para ti. Puedes abrir un diálogo con él, escuchando lo que siente y sus razones. Quizá te diga que está enojado o triste porque extraña jugar con sus amigos y estar con ellos en la escuela, y tú puedes responder con comprensión, diciéndole que lo entiendes y que sabes lo difícil que es para él ahora, con todo tan distinto. Eso lo va a dejar sintiendo que estás con él y que no está solo. Después pueden armar juntos un plan para resolver el problema y decidir las consecuencias si no se cumple. Al involucrar a tu hijo en la solución, le das una sensación de orgullo, de responsabilidad y de poder, y los dos terminan sintiéndose conectados emocionalmente y con control.
Ten presente que ser inteligente con las propias emociones y con las de los demás no significa que no vivas el estrés, la ansiedad y la intensidad de lo que sientes. Más bien significa que tienes un conocimiento más agudo de ti mismo, capacidad de sostener emociones intensas, más sensibilidad hacia cómo se sienten los demás, y que puedes forjar y sostener conexiones más fuertes con quienes te rodean. Estas capacidades además te permiten atender de forma más eficaz y exitosa el estrés y los desafíos de la vida diaria. Cuando somos más conscientes de nosotros mismos, de nuestras emociones y de las de los demás, atendemos mejor, nos sentimos mejor, nos relacionamos mejor y vivimos mejor.
Y quizá lo más importante, al final del día, recuerda que aunque estés físicamente distante, no estás solo. Estamos juntos en esto. Ser tolerante y amable contigo mismo mientras practicas estas maneras útiles de manejar mejor lo que sientes es crucial. Haz tiempo para tus propias necesidades, dejando lugar a momentos que vuelvan a poner en foco algunos placeres simples: llamar a un amigo, hacer una noche de amigas virtual, juntarse para una caminata o un trote “a distancia social”, o incluso simplemente encontrar tiempo para estar contigo y perderte en un buen libro o escuchando tu música favorita. Crear estas conexiones para ti y para los demás va a abrir puertas a maneras más positivas de seguir en contacto emocional y social, mientras te mantienes a salvo y con la cabeza en su sitio en esta nueva “normalidad” que llamamos equivocadamente “distanciamiento social”.



