Acompañar a los niños en los factores de estrés inevitables de la vida

La ansiedad es un problema creciente entre los adolescentes estadounidenses de hoy.

Benoit Denizet-Lewis, que escribe para el New York Times Magazine, publicó hace poco un artículo que ilumina las presiones que enfrentan nuestros jóvenes, con relatos personales de ansiedad que atrapan.

Lo que no quedó iluminado es hasta qué punto está afectando a los niños pequeños. La realidad es que niños tan chicos como los de preescolar pueden padecer alguna forma de ansiedad, y el impacto puede durar mucho tiempo. La investigación sugiere que más del 40 % de los niños en edad preescolar con trastornos de ansiedad siguen teniendo síntomas cuatro años después, y que a los dieciocho años casi uno de cada tres va a cumplir los criterios de este trastorno. De hecho, la ansiedad es el problema de salud mental más común entre niños y adolescentes.

Pero también hay que tener presente que, cuando los niños son pequeños, la ansiedad puede manifestarse de otra manera. Dr. Donna Housman, fundadora y CEO de Housman Institute, observa: “Cuando un niño es pequeño, las conductas de ansiedad pueden aparecer como que el niño se bloquea, se queda callado, se desconecta, se desarma con facilidad o llora sin que nada lo haya provocado”. Al hablar de estas conductas con niños pequeños, Dr. Housman señala: “Los adultos deberían cuidar las palabras que usan. En lugar de hablar de ansiedad, palabras como ‘preocupaciones’ son más fáciles de conectar para los niños. Son más apropiadas para su desarrollo”.

Dr. Housman comenta además que, dado que la ansiedad es cada vez más frecuente, nosotros —educadores, responsables de políticas y familias— tenemos que hacer un mejor trabajo sosteniendo a nuestros jóvenes para que logren reconocer, expresar y manejar las emociones difíciles cuando inevitablemente aparezcan.

Podemos empezar temprano, acompañando mejor a los bebés y a los preescolares en cómo expresar y manejar las emociones con eficacia. Al ayudar a los niños a desarrollar las habilidades necesarias de autorregulación, regulación emocional y competencia emocional, también los ayudamos a volverse más resilientes, a sostenerse ante la frustración y a superar con más éxito los desafíos que vayan apareciendo, antes de que se conviertan en problemas clínicos.

Las emociones, la conducta y el pensamiento están entrelazados. Al incorporar esta filosofía a nuestra educación de primera infancia, los niños van a desarrollar mejor las competencias necesarias que sostienen un desarrollo sano a través de los factores de estrés inevitables de la vida.

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Dr. Donna Housman

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